El corazón de la eutanasia
- Enrique Bonet
- hace 14 minutos
- 3 min de lectura
La Grazia, 2025
Acabo de ver la película de Paolo Sorrentino "La Grazia" y ha sido un disfrute estético y un revulsivo de pensamiento. ¡Vale la pena! No solo por el preciosismo del director napolitano —cada escena podría ser un cuadro—, sino porque se adentra en un tema importante con un enfoque distinto, con una visión que refleja muy bien al hombre contemporáneo, desnudando sus razones más profundas.
En el film, De Santis, un presidente saliente de la República Italiana, se enfrenta a la firma de sus últimos expedientes. Uno de gran calado: la ley de la eutanasia. Otros dos son indultos. Expedientes menores que son, sin embargo, la clave hermenéutica para leer el primero.
Un guion en ocasiones onírico, salpicado de situaciones surrealistas, sirve tanto para recrear la belleza como de escenario a su discurso.
Escrito por el propio Sorrentino, el libreto bucea en las raíces del problema de la muerte digna. ¿A quién pertenecen nuestros días? ¿De quién es nuestra vida?
Esta es la pregunta definitiva cuando la eutanasia es una decisión propia y consciente. Se puede hacer notar que nadie se dio la vida a sí mismo. Todos la hemos recibido. Pero igualmente se alega que, puesto que es regalada, sería ya nuestra y podemos disponer de ella como queramos. Queda la sombra de la "autonomía del suicida". ¿Es libre un suicida? ¿La ideación suicida no es uno de los signos de depresión? ¿No tiene algún rasgo depresivo alguien que quiere acabar con su vida? De no ser así, ¿cómo se distingue de un enfermo? Y, en último término, ¿es socialmente sano promover el derecho al suicidio?
Realmente Sorrentino no entra en estas preguntas; eso queda para nosotros. Su gran discusión —y es en gran parte la discusión real sobre la eutanasia— es el momento en que hay que decidir por otros. Y los expedientes de indulto son una metáfora de lo que hay que firmar en la ley; una metáfora histriónica, como le gusta a Sorrentino.
Una mujer que ha matado a su marido con 18 puñaladas. Ella sostiene que lo mató porque estaba enfermo. No existe ningún informe médico que lo asegure, pero ella le conocía, era su marido. "Era un enfermo terminal de sus obsesiones. Él estaba roto y lo he liberado". Y es verdad que era una persona que sufría, pero sin ninguna enfermedad conocida. Sufría porque todos sufrimos; quizás él padecía mucho y la hacía sufrir a ella. Y esta es la disección —cruda, pero creo que certera— del director:
ella no estaba dispuesta a seguir viviendo ese infierno —su amor hacia él hacía que sufriera viéndole así—, pero tampoco estaba dispuesta a alejarse de él, por amor. La solución está clara: matarlo.
Pero quizás el problema de la eutanasia, y aquí lo refleja bien el director, está en cuánto somos capaces de sufrir por amor. Es verdad que el amor a un caballo herido nos puede llevar a sacrificarlo (escribí sobre esto aquí, y esta metáfora sobrevuela la película); pero quizás con el ser humano podemos hacer algo más.
Quizás acompañar —aunque duela más y canse más— es una respuesta más humana.
"Lo amé más que a mí", dice Isa Rocca en un momento dado hablando de su marido. "Nunca deberíamos amar a nadie más que a nosotros mismos", sentencia. Tal vez si seguimos aquello que dijo Otro: «nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos», no sentiremos la necesidad de resolver el dolor del amado —que a su vez nos inflige dolor— acabando con la vida del otro.
Vale la pena pagar el sufrimiento que cuesta consolar, para que el otro —aunque no deje de sufrir— sufra un poco menos. Porque la vida del que amamos es valiosa siempre.
Enrique Bonet




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