Un Dios calentito que respira
- Enrique Bonet
- 24 dic 2024
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 22 mar
0:00am. 25 de diciembre.
Seguramente a esa hora, hace unos dos mil veinticinco años, Dios, hecho carne, irrumpe en la historia.
Lleva nueve meses en el seno de María, y no quiere esperar ni un minuto más; y cuando llega el día previsto por el Padre, empieza a respirar nuestro aire desde el primer minuto del día.
No puede dilatar mas su llegada. Quiere estar con nosotros.
Y nosotros mentalmente nos vamos a aquel momento. Las doce y unos pocos minutos.
El acontecimiento más conocido de la historia es todavía un secreto.
Una virgen ha dado a luz. María ha alumbrado.
El mundo duerme mientras Dios ama al mundo.
El mundo se ocupa de sus egoísmos y Dios entrega su Hijo al mundo.
Todavía Belén es silencio.
No han llegado los pastores ni los magos. No han comenzado los ángeles a cantar “gloria a Dios en el cielo”. Todavía están como sorprendidos, inmóviles ante algo que parece increíble… que es difícil de creer, si no fuera porque lo están viendo. Dios en carne; el invisible hecho materia,
el infinito limitado, acotado, atrapado en una trampa para niños: unos pañales.
Después de lavar al niño y secarlo, José lo pone en brazos de su madre.
Una luz que procede de lo más profundo de las galaxias.
Que parece provenir del mismo acto de ser.
La luz de mil soles ilumina a María y a Jesús.
José da un paso atrás.
José –dice el literato francés[1]- es sólo una sombra, al fondo del establo, y dos ojos brillantes. Porque no sabría qué decir de José y José no sabe qué decir de sí mismo. Está en adoración y está feliz de adorar y se siente un poco exiliado.
Belén en estos momentos es sólo ella y Él en intimidad.
El nuevo Adán y la nueva Eva. Solos en el nuevo paraíso del portal. Dios y su criatura reconciliados.
La Virgen está pálida y mira al niño.
Su cara es una reverencia llena de ansiedad que no ha aparecido más que una vez en una cara humana.
Y es que Cristo es su hijo, carne de su carne y fruto de sus entrañas. Durante nueve meses lo llevó en su seno, le dará el pecho y su leche se convertirá en sangre divina. De vez en cuando la tentación es tan fuerte que se olvida de que Él es Dios. Le estrecha entre sus brazos y le dice: ¡mi pequeño!
Pero en otros momentos, se queda sin habla y piensa: Dios está ahí. Y le atenaza un temor reverencial ante este Dios mudo, ante este niño que infunde respeto. Porque todas las madres se han visto así alguna vez, colocadas ante ese fragmento rebelde de su carne que es su hijo, y se sienten exiliadas de esa vida nueva que han hecho con su vida, pero donde habitan pensamientos distintos. Mas ningún niño ha sido arrancado tan cruel y rápidamente de su madre como este niño, pues Él es Dios y sobrepasa por todas partes lo que ella pueda imaginar.
Es una dura prueba para una madre tener vergüenza de sí y de su condición humana delante de su hijo.
Aunque hay también otros momentos, rápidos y resbaladizos, en los que siente, a la vez, que Cristo, su hijo, suyo, es su pequeño, y es Dios.
Le mira y piensa: “Este Dios es mi hijo. Esta carne divina es mi carne. Está hecha de mí. Tiene mis ojos, y la forma de su boca es la de la mía. Se parece a mi. Es Dios y se parece a mí”.
María, sola, sigue mirando a Jesús en sus brazos.
Y con aire de atrevimiento tierno y tímido adelanta el dedo para tocar la piel pequeña y suave de este niño-Dios cuyo peso tibio siente sobre sus rodillas y que le sonríe.
Un Dios muy pequeñito al que se puede coger en brazos y cubrir de besos, un Dios calentito que sonríe y que respira, un Dios al que se puede tocar; y que sonríe.
Ninguna mujer jamás ha tenido así a su Dios para ella sola”. Esa es la suerte de María, ahora.
Y esta es también tu suerte. Mi suerte.
Un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado.
Dios ha querido ser un Dios caliente y que respira. Dios ha querido ser tuyo. Tener tus labios, tus ojos.
Tener tu carne y sufrir el peso de la carne.
Tener tu mente y padecer las angustias de tu mente.
Vivir con su trabajo y sentir, cómo tu, el sudor del trabajo.
Nadie tuvo jamás así a su Dios para él solo.
Un hijo se nos ha dado,
Dios se te ha entregado
Míralo. Bésalo. Mímalo.
Como María.
Tú y Él. Hoy. El principio y el centro de tu historia.
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[1] El texto en cursiva está sacado del relato de J.P. Sartre, "Barioná".
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