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El motor de la kénosis

  • Enrique Bonet
  • 31 dic 2025
  • 3 Min. de lectura

Encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.


Muy rápido pronunciamos esta frase… muy inconscientemente.

Muy fácilmente hablamos del "Niño-Dios"… y no somos conscientes de lo que decimos.


En un cuento de Navidad, el personaje incrédulo -siempre tiene que haber un cenizo en estos cuentos- dice a sus amigos:


¿Y a quién esperáis? A un rey, a un poderoso de la tierra que aparecerá en toda su gloria y atravesará el cielo como un cometa, precedido de una explosión de trompetas.


Eso sería lo suyo, ¿no? ¿Qué menos si el que viene es Dios, el Creador?


Y, ¿qué os dan? Un niño miserable, sucio, gimiendo en un establo, con briznas de paja clavadas en su lengua. ¡Ah! ¡Bonito rey!

Id, bajad, bajad a Belén, seguramente vale la pena el viaje –concluye irónicamente--. (Barioná, JP Sartre).


Es un escándalo… ¿Esto es Dios? ¿Un Niño recién nacido en un establo que huele a estiércol?

Algunas tradiciones o cuentos de navidad hablan de que la propia Virgen tiene momentos de perplejidad. ¿Es posible que este niño tan normal sea Dios?


San Agustín lo expresa poéticamente:

Mirad hecho hombre al Creador del hombre

para que mamase leche el que gobierna el mundo sideral, para que tuviese hambre el pan, para que tuviera sed la fuente, y durmiese la luz;

para que la salud fuera herida, y muriese la misma vida (Sermo 191,1: PL 38,1010).

¿Esto es Dios?

 

Hace unos días salió en la prensa un artículo de una autora conocida.

Y en esas letras, expresa esta misma esta perplejidad, esta admiración, tanta que la admiración roza la duda. Y no ya en la autora de la columna, sino en su propio hijo, que a pesar de ser un pequeño, se da cuenta de la contradicción.


Esa duda tuvo el año pasado mi hijo mayor, que entonces tenía tres años.

Era muy reticente a creer que Dios hubiera elegido encarnase en lo que para él, que ese año había empezado a ir al colegio, era una especie inferior: los bebés.

Acostumbrado a que los todopoderosos salten de edificio en edificio ataviados con trajes coloridos como Spiderman, o a que tengan mucho dinero como Batman, un Dios que se hace niño, niño pobre además, debía parecerle una cosa insólita.

No le culpo. Cuando lo pienso —cuando lo pienso de verdad—, a mí también me lo parece.

 

Un Cristo crucificado -un hombre-Dios que sufre el escarnio de los impíos es difícil de entender. Pero somos capaces de entrever la entereza con la que soporta la injusticia.

Incluso los no creyentes logran intuir la grandeza del que sería una especie de Gandhi. Un judío que vendría a ser el más grande entre los estoicos pacifistas. Alguien que es capaz de controlar la ira ante los enemigos y arrostrar un destino adverso con enorme dignidad.

La cruz es escándalo, pero podemos entender tb su grandeza.


Pero lo que vemos esta noche: un Dios que anda por ahí en pañales, que necesita que lo arrullen, lo abracen y le canten, que balbucea mientras se mira asombrado las manos, que no nace en un palacio lleno de oro sino en un humilde pesebre es una humillación tal que no parece posible.

Cuando mires a este niño, cuando contemples al Niño Dios; a esta contradicción ontológica: ¿Como se puede fajar a Dios en pañales? ¿Cómo meter al infinito en un comedero de mulas?


Solo hay una fuerza capaz de unir términos tan contradictorios. Solo hay un poder capaz de fundir realidades tan distintas.


Solo hay una energía capaz de producir la kénosis; el vaciamiento de que habla san pablo:

siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse.

Sino que se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos.


Esa fuerza única es el amor. Solo el amor crea el abajamiento, el servicio, el perdón.

Cuando mires al niño Dios. Cuando beses al omnipotente indefenso; al todopoderoso impotente, date cuenta de cuál es la fuerza que produce ese milagro: el amor que Dios te tiene.

 

Decía C. S. Lewis que la historia de Cristo es tan extraña.

—un Mesías que nace entre paja y se rodea de pescadores, publicanos y prostitutas, un Cristo que muere como un criminal y después anuncia su resurrección a las mujeres—,

la historia de Cristo es tan poco conveniente para el poder —el de su época y el de todas las venideras— que difícilmente alguien podría habérsela inventado.

Estén de acuerdo o no con Lewis, crean o no en la verdad de los Evangelios (dice Ana Iris), lo que es innegable es que la de ese Dios que nace en un pesebre para morir en una cruz es la historia [de amor] más bella jamás contada.

Y nosotros sabemos que es verdad y vivimos de esta verdad. Disfrutemos también de esta verdad.


Feliz Navidad.

 
 
 

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© Enrique Bonet Farriol

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